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El autocontrol es algo difícil de definir por la gran variedad de formas en las cuales se puede manifestar, lo que sí tienen en común es que es un aspecto de la conducta que, ya sea por intensidad o por inapropiadez (por el contexto en el que se da), les afecta a su bienestar y a su funcionalidad.

El autocontrol o la autorregulación tiene que ver con las manifestaciones tanto conductuales como emocionales. Por un lado, la impulsividad, ya sea como rasgo implícito en la personalidad o como impulso provocado por un estímulo concreto, actuar de esta manera en nuestra vida cotidiana no nos beneficia de ninguna manera.

Por otro lado, la agresividad tampoco aporta nada positivo, ni para la propia persona ni para aquellos que le rodean, creando un ambiente negativo y, en consecuencia, pudiendo crear reacciones aversivas o pasivas en los demás.

Relacionado con el autocontrol, existen muchos usuarios que presentan conductas invasivas, lo que les afecta en gran medida en las relaciones con otras personas ya que dificulta la “conexión” entre las personas, porque es fácil hacer sentir incómodo a la otra persona.

Para ello, en los perfiles descritos y en otros donde la persona presente un déficit a la hora de controlarse, y utilizando al caballo o al perro, se trabajan los tiempos (de espera, en las tareas y rutinas, etc), la paciencia, las emociones (para aprender a identificarlas y a reconocerlas en los demás), la comunicación (para poder expresar mediante palabras lo que sienten y porqué se están comportando de esta manera).

Con todo lo explicado hasta ahora, me gustaría daros a conocer varios aspectos del caballo y del perro, quienes trabajan junto a la terapeuta para conseguir los objetivos establecidos.

El caballo por la naturaleza que éste presenta, debido a que son herbívoros y actúan como presas, son animales de huída ante situaciones adversas. Para los animales herbívoros, la huída es la mejor protección antes cualquier peligro, y pueden reaccionar de esta forma ante cualquier estimulo que les provoque miedo o inseguridad. Por eso, si nos acercamos bruscamente al animal, es fácil que éste se sienta incomodo y acabe huyendo. Esto lo veo cuando alguno de mis usuarios intenta acercarse rápidamente a Adi (una yegua más sensitiva) cuando vamos a buscarla a su potrero para cogerla (al estar suelta y no en una cuadra, también propicia más la posibilidad de huida); aunque al final, siempre consiguen cogerla, sin correr hacia ella ni haciendo movimientos bruscos y, en consecuencia dandole algún golpe por ello. Se les enseña además a tratar a los animales con cariño y respeto.

Sí que es cierto que existen caballos más “duros”, que permiten que seamos más bruscos con ellos (al estar menos sensibilizados o por tener un carácter muy tranquilo), pero que lo permitan ellos no significa que la terapeuta deba hacerlo también; así que mediante las indicaciones necesarias se trabajaran todos los aspectos del autocontrol que se consideren que afectan a la funcionalidad de la persona y a su vida cotidiana.

Es decir, ya en primera instancia la simple presencia del caballo hace que el usuario se autorregule, y le lleva a hacerlo la motivación o el deseo de querer acercarse al animal para tocarle, acariciarle, asearle, cepillarle…y a lo largo del tiempo, a medida que va viniendo, todo esto es debido al vínculo afectivo que se crea con el animal; es de vital importancia recalcar este vínculo, ya que si este no se da, se dificulta en gran medida la adherencia al tratamiento.

Durante la higiene, también se trabajan los movimientos bruscos y la regulación de su fuerza, a la hora de coger y dejar los cepillos o cuando está cepillando al animal. Se intenta que lo haga sin dar golpes mediante las indicaciones pertinentes, las cuales variaran dependiendo del grado cognitivo de la persona; cuando se nos permita haciéndoselo entender y, cuando no estableciéndolo como norma. Cuando se ensilla al caballo (se le viste o prepara para la monta), se utilizan las mismas pautas que para la higiene, lo que se utilizan materiales diferentes.

Ambas tareas, higiene y preparación para la monta, son funcionales ya que son análogas a la propia. Lo que aprenden los usuarios extrapolando esta conducta es que antes de vestirnos debemos asearnos.

Durante la monta también se utilizan las mismas pautas que para la higiene y la preparación de la misma; en los casos donde hay más autonomía y son capaces de llevar las riendas del animal y dirigirle se les pide que lo hagan suavemente sin tirones bruscos (ya que le pueden hacer daño a la boca del caballo).

Por otro lado, si hablamos del perro, se diferencia del caballo en el umbral del dolor, ya que el del primero es mucho más elevado que el del segundo (además del factor de la tolerancia que se le añade y que puede ir variando este umbral). Por ello, hay que estar más atento cuando nos encontramos con un usuario con un perfil de agresividad y impulsividad, como también en usuarios invasivos, con problemas del comportamiento, y que no sean capaces de regular su fuerza… porque pueden dañar al animal sin ser conscientes de ello. Teniendo en cuenta esto último, igualmente el perro puede intervenir en toda una gama de actividades que permiten trabajar el autocontrol del individuo.

El éxito del autocontrol reside en la voluntad de la persona. Como terapeutas es nuestro trabajo “despertar” esta voluntad para que la persona actúe bajo la creencia de querer hacerlo bien o no querer hacer daño al animal, etc (entre otros motivos). Independientemente del motivo que le impulse a llevar a cabo esa conducta, lo más importante es la voluntad con la que actúa. Por ejemplo, existen usuarios que no pueden realizar una higiene exhaustiva, por lo que realizan una higiene simbólica; lo importante aquí no es que realice la higiene a la perfección, si no que quiera hacerla (y con más razón si el usuario presenta problemas de conducta, impulsividad, etc.).

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